El arribo de la refrigeración doméstica

1917

Con el desarrollo de máquinas de vapor capaces de fabricar hielo de manera artificial, el panorama del mundo se modificó radicalmente. Primero las industrias de alimentos y bebidas iniciaron la demanda de hielo en grandes cantidades, el cual se empleaba para almacenar y transportar productos. Con el tiempo, el refrigerador doméstico se convirtió en una necesidad inevitable

Christopher García

Los primeros equipos para fabricar hielo artificialmente basaron su funcionamiento en los principios descubiertos por Michael Faraday, quien mostró que el amoniaco absorbe calor del ambiente al transformarse de líquido a gas. Este conocimiento forma parte de lo que hoy se conoce como el ciclo de la refrigeración.

En la primera etapa del ciclo utilizado para hacer funcionar estos equipos, una serie de pistones gigantes comprimían el amoniaco en estado gaseoso hasta convertirlo en líquido caliente. Más tarde, el amoniaco líquido se bombeaba hacia un serpentín condensador donde era enfriado y luego suministrado a un conjunto de tuberías colocadas debajo de grandes tanques de agua. En este punto, la presión de la tubería se liberaba, con lo que el amoniaco se evaporaba y absorbía el calor del agua del tanque en el proceso. Paulatinamente, el agua contenida en el tanque se convertía en hielo.

Para la década de 1880, diversas ciudades de EUA contaban con plantas de este tipo. Dichas plantas eran capaces de producir 150 toneladas de hielo al día. El comercio de hielo natural, creado por Frederick Tudor a inicios del siglo, por primera vez se veía amenazado por la fabricación artificial de hielo.

Con la presencia de esta tecnología, la demanda de hielo en América se volvió insaciable. Todos: mataderos de ganado, cervecerías y bodegas de alimentos, lo necesitaban. Los animales eran destazados en líneas de producción ubicadas en Chicago, tras lo cual la carne se cargaba en contenedores para transportarse a otras latitudes por medio del ferrocarril.

Estas ventajas permitieron, también, mantener disponibles frutas y verduras fuera de temporada, lo que mejoró la dieta de los centros urbanos. Pronto, los habitantes de las ciudades eran las personas mejor alimentadas del mundo. En cierto momento, mantener los alimentos frescos en casa se volvió necesario y propició la aparición del repartidor de hielo, quien hacía entregas semanales para recargar el refrigerador. La posibilidad de contar con un refrigerador en casa volvió más sencilla la vida de las ciudades: las personas podían comprar alimentos una vez a la semana y almacenarlos en casa sin que sufrieran deterioros. A la par, la transportación de alimentos a través de grandes distancias en contenedores refrigerados los ponía a disposición en prácticamente cualquier parte del mundo.

Con el paso del tiempo, la labor del repartidor de hielo se hizo innecesaria, pues poco a poco los hogares adquirieron refrigeradores eléctricos, los cuales funcionaban con el mismo principio de las viejas máquinas de hielo: el amoniaco líquido circulante en las tuberías se evaporaba, con lo cual absorbía el calor de la comida contenida en el refrigerador; al ser comprimido por una bomba eléctrica, el gas volvía a convertirse en líquido para comenzar con el ciclo una vez más. La posibilidad de congelar productos estaba latente, pero en principio se empleaba únicamente para el agua, pues se creía que la congelación causaba deterioro en los alimentos. Pronto, un hallazgo cambiaría esta suposición y los métodos de conservación.

Fotografía: tomada de washingtonpost.com